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El Pescador
Por Rosario Collico
Este es mi lugar. Tengo un rancho entre las rocas tan cerca del agua, que el mar me es igual de cotidiano que la pava o ese repasador de girasoles amarillos. El sol se despierta casi tan tem-prano como yo. Últimamente estoy ganando esta competencia que ya lleva años, y entonces me quedo agazapado entre las sábanas esperando ansioso, su primer beso dorado. Hermes, mi perro mestizo, ya está al lado de la cama urgiéndome jadeante a compartir otra jornada de pesca. Bajo a la playa con las cosas de siempre, las dos cañas, el balde, la carnada, el termo y el mate. Hermes se adelanta, corre hacia la orilla y trata en vano de atrapar a la gaviota cocinera, quien con el desdén propio de seres alados, levanta vuelo y en un graznido burlón, lo deja con las ganas, clavado en su existencia de cuadrúpedo. Estudio el mar, como si supiera. Está revuelto, “roto”; pero promete corvinas. Recuerdo aquella vez, en la que pesqué la negra, enorme y peleadora. Picó acá nomás, entre las rocas, quién lo diría. Por suerte había dejado el reel destrabado, de otra forma, me hubiera partido la caña.Tal vez hoy me sonría la fortuna.
Eso es lo que me gusta de ser pescador, cada día es diferente y todos pueden ser el gran día, en el que me saquen la foto con el monstruo vencido, eximiéndome de las exageraciones a las que, debo reconocer, soy afecto. Un observador casual, podrá suponer que mi vida es monótona. Se equivocaría. Puedo percibir matices y medios tonos en la atmósfera y en el agua; promesas de posibilidades infinitas. Preparo las cañas.
En una encarno camarón, en la otra carnada blanca para tentar a la brótola. Lanzo. La tanza corta el aire con un silbido, dibuja un arco que dura un instante y al final, la plomada cae lejos, en el lugar justo. Ahora es tiempo de esperar, tomo mate y dispongo de un rato para escuchar el sonido perpetuo del océano, para mirar la orilla cuajada de espuma blanca o llevar la vista mar adentro donde se esconden todos los misterios.
Hace mucho, una mujer me dijo que de tanto mirarlo, tenía el verde colgado en los ojos. - Si usted me permitiera hundirme en ellos -me susurró al oído– yo podría ver amaneceres poblados de peces, de algas, de cormoranes y petreles. Aún espero que ella regrese. Los barcos en el horizonte, me traen a la memoria la existencia lejana de otros hombres y otros lugares. Rocas encarnadas emergen cada tanto de la rompiente, delatando la presencia del antiguo hierro de la Tierra. Hora tras hora, lamidas por las olas, se disgregan en arena rubia y áspera, propia de estas bravas playas, no demasiado propicias para el baño. Es una suerte, eso me libera de los visitantes ruidosos que solo espantan a los peces y llenarían el lugar de plástico y cáscaras de fruta. Sólo se viene acá a buscar paz y perfumes salitrosos.
Hermes sale disparado, quién sabe qué olor del pasado viene montado en el viento. Qué alegría me provoca verlo correr con esa torpeza de cachorro, que la edad adulta no logró disimular. Repica la caña, salgo de la absorta contemplación del entorno y me concentro en esta competencia entre dos especies de mundos tan diferentes. El pez lucha, tira, nada con fiereza hacia adentro. Suelto el reel, aflojo tanza, trato de cansarlo. Quiero arrancarlo de su reino, ahogarlo con el mismo aire que llena de efervescencia mis pulmones. Es grande, poderoso; esta contienda durará un rato. Nada asegura el éxito.
Con el rabillo del ojo, lejos, por el Este, veo venir a Hermes con su galope desgarbado. Ladra y juega alrededor de una mujer cuya silueta me resulta familiar… Me gusta caminar muy temprano por la playa solitaria. Con cada paso se descascara la costra citadina que se forma sobre la barranca durante todo año, a golpes de hollín, nervios, bocinazos y malas sangres. Estas pestes engrosan la epidermis y licuan el brillo de los ojos. Vengo, otra vez, a limpiar mi alma y a henchirme de aromas salados cargados de mar.
El paisaje no ha cambiado, ojalá no lo haga nunca. No hay huellas. Estoy sola, nadie caminó antes que yo. Sobre la arena mojada se refleja el sol, siempre un metro adelante mío, demostrando que aunque alargue mis pasos, siempre será inalcanzable. La brisa despeina mi cabello, lo hace ingrávido y te pregunto mar - ¿Qué perfumes me traes? ¿Qué vida ocultas bajo tu apariencia mineral?. Diez gaviotas esperan la nada en la orilla. Luego de una carrerita corta, levantan vuelo, sin esfuerzo, casi indolentes. Me dejan en tierra y me recuerdan que no soy una de ellas. Las olas avanzan en un rulo perfecto, abarcando todo el frente, desde Camét hasta los Cuarteles y se derraman en la orilla en un alboroto de espuma blanca. Convertida en lengua, una de ellas, se acerca con voz crepitante y lame mis pies con dulzura helada. De vez en cuando, alguna, más vehemente, me empapa por completo.
Más allá de esa barranca se recorta la silueta de un pescador; me cautiva esa mezcla de ocio dinámico y sincronía con el ambiente. Se dispone a lanzar, es una danza. Da un par de pasos rápidos hacia la orilla con la caña sobre el hombro para tomar impulso; clava los pies con firmeza y pasa el peso del cuerpo hacia adelante al tiempo que la caña avanza hacia el mar y la plomada viaja rauda, dejando en el aire un silbido. Un perro castaño viene corriendo hacia mí. -¿Hermes? -¡Hermes...!
FIN