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El que quiere mula sin tacha, que ande a pie
A quien mira de reojo, no le pierdas el ojo

HISTORIAS DE VIDA

Por Antonio Prado.

Un viaje al recuerdo

Todavía no logro entender el por qué de esa afición a la pesca que inicié a los nueve años, pero voy a compartir con ustedes una de las muchas jornadas que se sucedieron los viernes por la tarde a partir del año mil novecientos ochenta y tres, al salir del colegio, y a explicarles el motivo de mi ausencia en un fin de semana sí y otro también, al entrenamiento de basket, y a clase. Lo vi a mi abuelo esperando en el coche para llevarme a la casa, la frase que me decía al verme, siempre era la misma: -hola hijo, es un poco tarde para que vayas al arroyo, espera a mañana. Saludo y beso a la abuela que ya me tenía la merienda en una bolsa con varios buñuelos; el corazón se iba acelerando viendo que se acercaba el momento, pero faltaba otro compañero de batallas más excitado que yo... Roque, mi perro.

Roque era un pura raza perro, can callejero, piel canela con manchas blancas y que tenía como collar un cinturón a medida. Para mí, era el perro más grande que había en el pueblo, hoy no entiendo cómo en aquel cuerpo tan pequeño podía haber tanta valentía y cariño por las personas que conocía. En fin, que al verme con la caña y con el amarillo se volvía literalmente loco, daba carreras en círculos a toda velocidad con el rabo tieso tocándole la punta el suelo, sabía que tenía que calentar y estirar, sabía que íbamos de pesca. Una de las razones de querer pescar el viernes por la tarde era que podía usar las botas de mi padre, que me daban un plus de confianza a la hora de llegar a los recodos más complicados del arroyo y que el fin de semana no podría usar. Estaba bastante limitado en lo material, unas botas hasta la rodilla, una caña de tacuara y un copo, ésas eran mis pertenencias para el sábado y el domingo. A la caña no le pasaban los años. Era de tres metros en tres tramos, con puntera deformada que me limitaba en los lances, pero ayudaba a la hora de detectar el pique, cuando la puntera se movía tenía la sensación de que los pejerreyes me estaban pidiendo permiso para poder picar.

Al arroyo lo tenía a unos tres kilómetros de casa, y había que cruzar dos campos para llegar a él. La ida era bastante rápida, entre la emoción, las ganas y el terreno que picaba bastante hacia abajo, me llevaba hasta el río muy rápido. Mientras desayunaba, comía o cenaba, iba escribiendo en una pequeña libreta, a modo de diario, las experiencias, sobre todo en materia de pesca. Las tres principales eran:

1) Controlar el aire de las gomas de la bicicleta; ese era mi transporte. Ir en bicicleta tenía sus riesgos pero los inconvenientes se multiplicaban por cinco cuando llevaba de fiel compañero a Roque, detrás o delante de la bicicleta ladrando a todo lo que se moviera, era valiente, pero cuando andaba suelto algún pastor alemán o algún otro cascarrabias, la parte gorda me caía a mi, que tenía que hacer acrobacias con las piernas, la caña en la mano y la bicicleta a toda marcha para que no nos comieran a mordiscos y las botas ayudaban bastante de protección.

2) No ponerse nervioso cuando hubiera pique. Tema harto difícil; de este último consejo me olvidaba casi siempre. Nadie nace aprendido y la verdad es que no medía bien los cañazos y rara vez era no cambiar un pejerrey de domicilio paseándolo un poco por el aire hasta que caía otra vez al agua. Si me favorecía la suerte y caía entre el pasto, ahí tenía a Roque que no perdía detalle y me localizaba el pez dando saltos cerca de la orilla, o no tan cerca.

3) Pensar en la vuelta. Si la tarde se daba bien y tenía unos cuantos pejerreyes, el camino de regreso lo hacía con una felicidad que sólo la pesca me producía, pero si se daba el caso de perder anzuelos y plomos por los árboles y no ver esos flechas de plata fuera del agua, las botas me pesaban el doble, las cuestas no había quien las subiera y se hacía eterno llegar a casa.

Después de leer mi autoayuda, salí como si hubiera visto al diablo o al pastor alemán de al lado y a darle a los pedales. Eran las siete cuando dejé medio escondida la bicicleta entre la maleza y andando algo agachado pude sentir el frescor del agua en las botas, rápidamente monté los tramos de la caña, desenvolví el sedal y a disfrutar de lo que la naturaleza nos da y que muchos no saben valorar. Era finales de mayo y la gente aficionada a la pesca siempre contaba en el bar sus historias, decían que en esas fechas empezaban a picar los grandes. La verdad es que me sonaba todo un poco a chino pero me encantaba la pasión con que la gente mayor relataba la pelea con el pez.

El azar quiso que ese viernes, a la salida de un pequeño remanso, después de dar varias pasadas, la puntera me comenzara a avisar que un pejerrey estaba llamando, todo emocionado dí el cañazo y lo que había clavado al otro lado del nylon no era el típico pez plateado, era un pez como nunca había visto antes, el que, en cuanto sintió la tensión del hilo dió un salto en la corriente y se desplazó hacia abajo con una fuerza que no había sentido nunca, los latidos del corazón los estaba sintiendo en la cabeza. Me quedé bloqueado durante unos segundos pensando en las historias del bar que contaba el señor Raúl: "tuve que aflojarle casi todo el nylon del reel para cansala", en ese momento la caña de tacuara, más experta que yo en esos encuentros y, por iniciativa propia o más bien por mala colocación mía, quiso que se soltaran los dos tramos superiores y me quedara con el tramo más grueso en las manos.

Me saqué las botas y me puse a correr detrás de la caña con Roque,él ya se olía algo importante porque no paraba de ladrar. El pez iba en dirección a unas aguas mansas de bastante profundidad y yo no podía hacer nada para detenerlo, sólo ver incrédulo cómo la caña se des-plazaba, de vez en cuando, en sentido contrario a la corriente del río. Después de unos minutos la caña vino orillando hacia mí, no me quedaba otra: bajar a la orilla y si tenía suerte, tomar la caña con el pez. Sabía que en el verano se podía andar por la orilla del pozo ya que alguna gente se daba unos baños los días de calor y salían del agua por esa zona, pero ese día hacía frío. Pegué un salto para no enterrarme en el fango, me estiré bien y pude agarrar la caña, pero... ya no tenía tensión, el pez se había ido.

Me costó salir del lodazal donde me había metido, anduve con los calcetines mojados y embarrados hasta casa, ya estaba anocheciendo, así recibí la primera reprimenda de mis abuelos, pero estaba feliz ¡había sentido algo inexplicable!. Pasados los años sigue habiendo buenos pejerreyes y enormes tarariras, aunque cada vez menos, pero cuando algún pez se deja saludar lo primero que surge en mi memoria es la gran emoción de aquel viernes de mayo al salir del colegio.

Fin