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Para Dios se dejan las cosas, cuando remedio no tienen
El buey lerdo, termina tomando el agua turbia

HISTORIAS DE VIDA

Adaptación Libre.

Por César Rubio Aracil

LA GUSANERA

No te sorprendas, amable lector o lectora, ante el relato que te voy a hacer, ni creas que es producto de mi imaginación. Se trata de una experiencia reciente, la que posiblemente se repita alguna vez más, porque la muerte, de acuerdo a mi sensibilidad, tiene matices esplendorosos. Sólo que, por tradición milenaria, contemplamos la extinción con ojos tristes y, como bien sabes, las sombras crean fantasmagorías.

La tarde descansaba en el podio del silencioso crepúsculo y la brisa del Este, con vahos de esencias marinas, recopilaba en mi mente algunos encuentros pasionales de lejanos anocheceres; pero eso no tiene más importancia que la de pretender teñir mi narración con los pigmentos de la melancolía. Sin embargo, insisto, las notas crepusculares me obligan a sonreír hasta alcanzar una especie de glorificación de ánimo que quisiera transmitirte no sé cómo, puesto que en algún momento posiblemente me censures. Si así es, te comprenderé.

Me senté en una roca plana. Junto a mí había dos pescadores con sendas cañas. Uno, lanzando al mar un señuelo artificial, cobraba con facilidad palometas y pescadillolas de tamaño mediano y el otro, un señor italiano, pescaba y pescaba con mucho éxito varias especies de menores dimensiones. Unos turistas japoneses, atraídos por el espectáculo “deportivo”, se agolpaban en derredor de los dos pacientes pescadores, impidiendo en algunos momentos que pudieran lanzar las líneas al agua. El señor italiano me miró como preguntando: “¿Qué hago con estos, le clavo a alguno de ellos un anzuelo en las sentaderas?”. Negué con la cabeza y, levantándome, me acomodé a su lado.

-¿Puedo preguntarle con qué clase de carnada pesca usted?. -Me los traen de un pueblo cercano a Saladillo, aquí no los hay- me respondió en un español deficiente, que igual entendí sin grandes esfuerzos.-

-¡Ah! Perdone mi indiscreción. El hombre siguió con su tarea y yo, disimuladamente echaba algún que otro vistazo a la encarnadera de plástico blanco que tenía mucha “vida” adentro. Yo no conocía esa clase de carnada y me llamaban la atención los brillantes reflejos de los pequeños gusanos hechos todos una pelota, pero no me atreví a seguir preguntando. Al otro día, comentando este suceso con un compañero, él me aclaró la cuestión.

-Yo los consigo muchas veces. Es fácil, sólo necesitás un tamiz, guantes de látex, una mascarilla y algo más que vas a saber de inmediato- y calló, no sin antes soltar una carcajada.

Continuará...