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Historias de pescadores
La Pesca y el Sexo
(o la caña de pescar como objeto erótico y/o afrodisíaco y/o sexual)
. . . . . . . . Por: Dr. Jorge Luis Manzini (MdP 17/05/06)
Ese atardecer estaba yo intentando pescar algo, el pescador más solitario del mundo porque, como me enteré luego, a ese lago artificial a cuya vera estaba le han echado tantas porquerías que ni un pez le queda, lo cual lo sabe cualquiera que, al menos, sea de por ahí, claro. También después reparé en que debería habérmelo sospechado, ya que tampoco, en el largo rato que llevaba allí, había visto ningún ave acuática. Pero es que para mí, andar de paseo, ver un espejo de agua y echar la caña -que es un adorno, un adminículo, una pieza más de mi auto, sujeta permanentemente a su correspondiente portacañas-, es casi todo una misma cosa, automática, refleja.
Y estando la línea en el agua, fijo la atención tanto en ella que prácticamente mi mundo, en ese momento, empieza y termina allí. Estando pues absorto en ese menester, no creí que se refiriera a mí, y por tanto no escuché bien lo que dijo una voz femenina a mis espaldas, que entonces se acercó más y repitió claramente: “-¡Esa cosa entre tus piernas, me vuelve loca!”. Parecía obvio que se refería a mi caña de pescar.

Hasta ese momento, a mis treinta y cinco años, divorciado (quizás mi obsesiva afición por la pesca había tenido algo que ver con eso) con una larga lista de mujeres conocidas; con la experiencia que mi papá me había transmitido del hobby desde mis cinco años; en las charlas de sobremesa de pescadores durante todo ese tiempo, jamás, juro que jamás, había escuchado referencias a una asociación de ideas semejante. Evidentemente, el fetiche, el objeto sexual, o lo afrodisíaco, y no quiero con esto dármelas de freudiano o algo parecido, están más en la croqueta, que en el objeto. Superada mi perplejidad, me dí vuelta para ver a quién excitaba yo con un objeto tan inocente.
Era una señora bien parecida, enfundada en un elegante traje deportivo, algo sudorosa (porque venía haciendo marcha aeróbica por la orilla del lago desde hacía unos cuarenta y cinco minutos, según me contó después), algo entrada en años y también en carnes, pero nada despreciable para un tipo con tan poca vida social como yo. ¡La pesca y el sexo! Nunca se me hubiera ocurrido. ¿Qué mundo menos sexy que el de los pescadores? En conjunción, solos o en grupo, solamente con sus aparejos, la costa (tierra, arena, piedra, pasto, conchilla), el agua (dulce o salada) , esa cosa extraña llamada “carnada” (lombrices vivas, peces o crustáceos vivos o muertos, en buen estado o putrefactos) cuando corresponde, o cucharitas, moscas y otros señuelos artificiales, y el fin, la meta, ¿la excusa?: el pez-pescado, esa otra cosa fría, movediza, pegajosa, estúpida, maloliente, con ese olor que queda en las manos, en la ropa... Y NADA MÁS. Y dije: “la excusa” del pez-pescado, porque convengamos en que más allá de que nos guste mucho o poco comer pescado, los alardes, los concursos y los premios -que últimamente la verdad, no son para desdeñar-, desafiamos el viento y el sol, el frío, la lluvia y el sueño, básicamente porque pescando alcanzamos una especie de Nirvana (esto lo dijo un amigo mío que además de ser pescador se dedica a la meditación oriental).
Bueno, pero estas no son más que reflexiones de un pescador atolondrado, disparadas por la expresión insólita de la señora de la marcha atlética (“esa cosa entre tus piernas, me vuelve loca”). Recuperado el dominio de mí mismo, salido del Nirvana, ¿cómo [no] responder a semejante manifestación - insinuación o desafío?
Contestar por ejemplo: -“Eh..., ¿cómo dijo?”-, hubiera sido muy burdo, porque ya lo había repetido, y tampoco era cuestión de pasar por idiota, o que creyera que no me gustaban las mujeres, o peor, que no me gustaba ella (por ahí se ofendía, que el sudor, que los años o los kilos de más...). Opté por una respuesta en silencio.
Dado que allí se había quedado, sentada en uno de los bancos de madera, observándome, me tomé mi tiempo, recogí el sedal hasta dejarlo tenso, encajé la caña en el posacañas que estaba bien clavado en la arena, giré hasta enfrentarla mientras me limpiaba las manos en el trapo rejilla húmedo, y le dije: -¿En serio? -Te haría el amor aquí mismo - me dijo. - Entonces, se trata de mí, no de mi caña. - No, de vos y de tu caña, de vos con tu caña. Ahora que te diste vuelta, sin la caña, ya no es lo mismo. Me estoy enfriando. -¡Pero vos, ¿qué tenés en el mate?! ¿Cómo lo vamos a hacer con la caña entre mis piernas?- le espeté. En ese punto rompió a llorar. Primero unos espasmos, luego un llanto franco, acompañado de toses, moqueos, sacudidas del cuerpo... ¿Quién no hubiera asumido la actitud viril, paternal; de abrazarla, acariciarla, tratar de calmarla con palabras dulces? Mi caña siguió presa en su posacañas, y nosotros en el auto, en la intimidad que nos daban la soledad y la noche que había caído ya...