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¿Qué Pasó?
. . . . . . . . Por Pedro Iglesias
Normalmente, el pescador, trata de exagerar un poco las cosas, mas que nada por la emocion, porque la pesca la lleva dentro, pero esto sucedió tal cual lo cuento. Tres amigos, Las Toninas en 1998. El dia libre para los tres, era un día cuando ninguno de nosotros trabajamos y viviendo al lado del mar... A los tres nos fascina pescar, lo llevamos dentro, no hacen falta palabras, la jornada la empezamos al anochecer.

Nos preparamos todos los bártulos y fuimos a la playa con cuatro magrú chicos, no teníamos más carnada que esa... Hablamos los tres sobre qué hacer, de cómo íbamos a poner la carnada para que rinda más, y para mejor, en un lugar poco frecuentado con anterioridad, entonces dos de nosotros decidimos echar las cañas. Recuerdo que era por diciembre, nos pusimos las patas de rana, y le dimos para adentro... Total: pusimos las carnadas a unos 240 ó 260 metros, bastante lejos, y a esperar. Después de salir del mar nos dispusimos a cenar, hablando, cigarrito va, cigarrito viene, lo normal.
En una de estas, nos fijamos que una de las cañas se había aflojado más de lo normal, de ahi a toda clase de especulaciones, ya sabemos, "no, eso es una rubia que se ha venido y está quieta", " no, no, eso es la marea que ha rodado el plomo", entre unas cuantas especulaciones decidimos tantear la caña para ver qué pasaba... Con la caña en la mano, mi amigo y hermano de pesquerías, tantea poco a poco, y nota que hay algo que cabecea suavemente, total que decide clavar y zassss..! ¡clava! y empieza a recoger, ¿qué pasa tío? ¿notás algo? ¿cabecea? Él, con cara de asombro dice: "no sé, no sé, ahora noto algo, aquí algo pasa, preparate" Yo, pensando que la carnada estaba tan lejos, podria ser una buena pieza, me preparé con el bichero en el sitio adecuado... Estábamos los tres espectantes, no sabíamos que sería; a medida que iba recogiendo notaba bastante peso, y se ponía interesante la cosa.

Cuando quedaban unos 40 ó 60 metros para llegar, de repente y sin avisar, aquello se convirtió en un espectáculo tremendo, nos quedamos con la boca abierta. Hacia nosotros se abria un camino de peces saltando por encima del agua ¡tremendo! En mi vida había visto saltar tantos peces en direccion hacia mi... Saltaban con angustia, perseguidos por no se qué.... Le preguntábamos al maestro: “¿tío, que traés?” y el contestaba: “no sé, esto no tira mucho”, cuando de repente, algo le dobló la caña como si fuera de goma, llevaba línea del 50 y 0,30m de acero, y el maestro empezo a gritar, "hostia tío...! que me lleva...! que me lleva...!”
Jamás en mi vida había visto unos tirones tan secos, y mi compañero iba detrás de la caña, sin darle tiempo a aflojar el freno. A todo esto, los peces seguían saltando como endemoniados y en unos pocos segundos, entre nosotros nos cruzó a toda velocidad algo plateado, y fue a dar hacia nuestras espaldas. Fuimos corriendo a ver que era, y ahí vino nuestra sorpresa..... Era la cabeza cortada de una pescadilla de aproximadamente unos dos kilos y medio, cortada limpiamente y con las huellas visibles de los dientes de un ¡yo qué sé! Nuestras caras, se las pueden imaginar. Primero que haya picado una pescadilla, después, que se clave en un anzuelo tan grande y después que se la zampe un... no sé qué.
En fin, lo recuerdo segundo a segundo, fue impresionante. Son historias que siempre quedan y se comentan, chau, saludos!!! Pedro
LA DEPREDACIÓN CONTINÚA
La industrialización de la pesca ha cambiado drás-ticamente nuestra relación con los mares. Gracias al uso de equipos modernos, las flotas pesqueras depredan el mar, ahora más que nunca. Algunos de estos métodos nuevos de pesca malgastan eficazmente los recursos, y desperdician gran cantidad de peces acompañantes, y de pesca objetivo que no alcanza la talla comercial.
Dos de éstas técnicas son: el arrastre y el palangre. Ambas son técnicas muy costosas y además despilfarran recursos a mansalva. El capital considerable de inversión y los altos costos de operación obligan a estos barcos a capturar inmensos volúmenes de pesca para tener alguna ganancia. Con la expansión de las flotas pesqueras y el aumento de la competencia para atrapar peces, cada vez más escasos, el mantenimiento de estos niveles de captura es imposible de mantener a largo plazo. Por consiguiente, los barcos deben decidir entre la quiebra o dirigirse a nuevas aguas donde las poblaciones anteriormente inexplotadas caerán víctimas de una cacería interminable.
Está claro que estos barcos destruyen los océanos ante nuestros ojos, pero nadie hace nada contundente por evitarlo.